Venerable P. José Vandor

Venerable P. José Vandor

octubre 6, 2018 0 Por Decosal Editor

DATOS BIOGRÁFICOS

José Wech Puchner nació el 29 de octubre de 1909, en Dorog, Hungría, hijo de Sebastián Wech y María Puchner. Al tomar la ciudadanía cubana el apellido Wech se transforma en Vandor, que en húngaro significa “Peregrino”. Realizó sus primeros estudios con los Franciscanos. Respondiendo a la Divina llamada hizo su Noviciado en la Congregación Salesiana en PoliföldSzentkereszt, en el curso 1927 – 1928. El 13 de agosto de 1932 hace sus votos perpetuos ya como hijo de Don Bosco. Cursó Teología en Turín, Italia, donde es Ordenado Sacerdote el 5 de julio de 1936, en la Basílica de María Auxiliadora. El mismo año fue enviado a Cuba, permaneciendo en Guanabacoa hasta 1940 como responsable de la disciplina y la animación espiritual. En ente año fue nombrado Director de la Escuela Agrícola de Moca en República Dominicana, que por razones ajenas a su actuar fue intervenida por el Gobierno de Trujillo, y regresó a Guanabacoa, Cuba. Al abrirse en la casa anexa a la Parroquia de Versalles, Matanzas, el Noviciado Salesiano en 1943, fue nombrado Maestro de Novicios. Cuando se suspendió  temporalmente el Noviciado en Cuba en 1946, pasó a ser Administrador del Colegio de Artes y Oficios de Camagüey. En 1948 pasa a ser Confesor en la Comunidad de Santiago de Cuba y en 1951 confesor y capellán del Noviciado de las Hijas de María Auxiliadora en Peñalver en La Habana. El 9 de diciembre de 1954 llegó a Santa Clara para atender la Iglesia de El Carmen, dejada libre por los Pasionistas, y ocuparse de la construcción de una Escuela de Artes y Oficios, a cargo económico del notable villaclareño Eutimio Falla Bonet. Faltando por el momento un lugar propio donde quedarse, fue huésped por la noche de los Capuchinos, y por el día de la cariñosamente denominada “abadesa” Ofelia Barrero. Desde allí asesoró la reparación de la casa curial de la Iglesia del Carmen y la construcción del Colegio Salesiano “Rosa Pérez Velasco”. Al abrirse la escuela, el Padre Vandor fue nombrado Director hasta que todas las instituciones docentes de Cuba pasaron al Ministerio de Educación Nacional, en el año 1961. Entonces, es nombrado Rector de la Iglesia del Carmen; y al ser ésta constituida Parroquia, en 1965, es nombrado Párroco.

FIGURA MORAL

Resulta difícil sintetizar en pocas líneas la figura moral del Padre Vandor. El Señor Obispo, Monseñor Fernando Prego Casal escribió en su carta mortuoria: “Con la muerte del Padre Vandor la Congregación Salesiana pierde un hijo, la Diócesis un sacerdote ejemplar, los fieles un padre querido”. Y se puede añadir: Villa Clara un ciudadano honrado, identificado con las preocupaciones educacionales de la ciudad. De hecho, el periodista Antonio Díaz Vázquez, en su escrito “Una lámpara que arde y brilla”, lo dice: “uno de los corazones más tiernos, delicados y nobles del clero villaclareño”.

Amaba acercarse a San Francisco de Sales por la paciente mansedumbre, la entregada prudencia, la iluminada sabiduría en la dirección espiritual de las almas; a San Juan Bosco por su dinamismo apostólico, el amor a los jóvenes pobres, el espíritu de fe, por la serena alegría, por su trato cordial; a José de la Luz y Caballero por su amor a Cuba (se hizo ciudadano cubano), a la cultura, su apertura social, su carisma educativo, porque hizo suyas las palabras: “enseñar puede cualquiera, pero educar solo quien es un Evangelio viviente”; como dijo don Pepe: “El padre Vandor ha sido un auténtico maestro de educar”.

Anicio escribe: “escuchando en los días pasados tantos encantadores y provechosos recuerdos de episodios de su vida, pensaba en lo gustoso que resultaría agruparlos en una ´Florecillas del padre Vandor´, a manera de los de San Francisco de Asís.

El padre Emilio Aranguren (en el momento de la muerte del padre Vandor era Párroco de La Pastora, actualmente Obispo de Holguín), crecido en el Oratorio del Carmen, lo percibía reflejado en la canción titulada “El Peregrino”:

El numeroso público que se acercaba a su lecho o se quedaba respetuoso en oración delante de la puerta de su cuarto, las lágrimas contenidas de mujeres, hombres maduros, jóvenes, han sido el signo evidente del aprecio y del cariño que muchos tenían por el Padre Vandor. Ya no asombraba oír repetir: “Ha muerto un Santo”.

El secreto de todo el cariño de que era objeto el padre Vandor, según una feligresa, estaba encerrado en su bondad, en su extraordinaria dulzura, en su exquisita amabilidad complaciente.

“Un día por las montañas apareció un peregrino,

Iba diciendo a la gente: Amigo soy, soy amigo.

Reparte el pan con los pobres

A nadie niega su vino

Sus manos no empuñan armas,

Sus palabras son de vida

Y sus palabras son de amigo.

Y las gentes que lo vieron

Contaban a sus vecinos:

“Hay un hombre por las calles

que lleva la paz consigo,

y quiere ser nuestro amigo”

 

 

HOMBRE DE UNA PACIENCIA INALTERABLE

“Nunca, nunca lo he visto alterado”.

  • Ni con personas que parecían abusar de su tiempo, (atendía a quien acudía a sus consejos como si fuera lo único que le interesaba, sobretodo tratándose de confesión, por eso a menudo al comienzo de la misa se atrasaba más allá de lo conveniente).
  • Ni con los hermanos Salesianos problemáticos que los Superiores confiaban a su cuidado paterno para la formación.
  • Ni con el Sr. Eutimio Falla Bonet, donde no era fácil conciliar los gustos y exigencias de un filántropo millonario con las preocupaciones pedagógico – formativas de un hijo de Don Bosco.
  • “Solo la paciente clama del Padre Vandor podía con Eutimio. En los momentos de turbonada, abre el paraguas, espera la descarga del chubasco, cierra el paraguas y continúa su camino”.
  • Ni en los momentos de estrechez económica.
  • Ni en los momentos peligrosos del cambio socio – político por la conquista de Santa Clara de parte de los Revolucionarios; el padre Vandor intentó valientemente mediar la rendición de la policía frente al Carmen, intercedió por moribundos y presos de ambos lados y acompañó a unos cuantos al paredón de la muerte.
  • Ni por los problemas diarios de una vida pastoral.
  • Ni por las incomodidades y dolores de su larga y progresiva enfermedad que se agudizaba en los momentos de los “necesarios trasteos”.

 

UN MENSAJERO DE LA PAZ INTERIOR

“En él nunca había inquietud y tristeza”. Emanaba paz y tranquilidad por todos los poros, siempre palabras de aliento. “Era mi consuelo, mi refugio”. Nadie se acercaba a él por atribulado que estuviese sin recuperar la serenidad. “Al entrar a su cuarto, su mirada viva y profunda adivinaba tu problema antes de hablar. Una noche me quedé cuidándolo, al mirarlo mientras dormitaba me entró una plenitud de vida que sólo puede fluir de quien posee a Dios”.

Ha sido un reconciliador sabio y prudente. En una comunidad siempre hay algún problema, él todo lo apaciguaba de una manera tan delicada y respetuosa como nadie lo sabía hacer. “Olvide eso, vaya tranquilo y déjeme eso a mí”. Cuántos prisioneros del pecado liberó. Cuántos ojos ciegos abrió. Cuántos corazones pacificó en las horas y horas de confesiones: hombres, mujeres, niños, religiosas, sacerdotes. Algunos lo  recordaban por una sola confesión hecha con él. A más de uno dijo: “Vaya tranquilo, la penitencia déjela para mí”. En rosa de olor fragante deseo trocar mi vida –escribía- para dar los pétalos a ti y guardar las espinas para mí”.

PRUDENTE Y DISCRETO AL EXTREMO

Tanto en el preguntar como en guardar secretos. Con nadie hablaba de nadie. Su corazón era una tumba sellada. Por eso quizás tenía tantos confidentes. Escuchaba inalterable, mirando  comprensivo y compasivo. Y no juzgaba. “Nunca escuché  un juicio negativo sobre nadie, siempre destacaba lo bueno y la bello de la persona a acontecimiento”.

 

COMPLACIENTE AL GRADO MÁXIMO

Atento a los deseos de los demás y preveniente. “Si Usted lo desea, yo también. Si a Usted le gusta, a mí también”. No se podía saber lo que gustaba más para comer o vestir. Todo le agradaba. Por complacencia aceptaba invitaciones, donativos que compartía con los demás o devolvía a otros.

 

HUMILDE Y SENCILLO

“Su alta figura de característica delgadez nos impresionó ya en su primera presentación en la Iglesia del Carmen. Llegó solo, se puso a rezar, habló despacio, tranquilo, profundo”.

Sin embargo era una personalidad rica de cualidades humanas: culto, conocedor de idiomas, un poco poeta y pintor. Habilidoso en todo tipo de artesanías. Cuando joven soñaba hacerse ingeniero, sin embargo no hacía alarde de nada, más bien en su lenguaje metafórico, se consideraba un “inútil”, un “haragán”, un “bulto de basura que echar a la calle”, un  “caprichoso”. Su mayor alegría era servir a los demás. Nada para sí y todo por amor a Dios y por la salvación de las almas.

Temperamento más bien reservado, casi tímido, amante de la soledad y del silencio, y al mismo tiempo de amplias y profundas relaciones humanas. Escuchaba mucho, hablaba poco, pero siempre tempestivo, oportuno, lleno de sabiduría  evangélica que expresaba con bellas imágenes de finura humorística, acompañada de una mirada límpida, transparente, amablemente irónica e interrogante o suspensa o alentadora o amablemente regañadora.

Estaba al tanto de todo y para cada situación tenía una salida original que liberaba de la tensión o del desagrado.

– “¿Cómo está?

– Sentado.

– ¿Cómo se siente?

– No me siento, me sientan.”

Pepito, el enfermero que lo inyectaba, era “su latero”

Antonio, el fiel “canario” que con el padre Alberto lo atendía día y noche y que era un poco rudo en los modales, era “un caballero”.

A la enfermera Dulce le decía: “Hay dulces que son de palo. “¿Son ustedes vampiros?”, a todos los que  vienen me sacan sangre. “Frascos van, frascos vienen (los sueros); “misterio va, misterio viene” (los médicos). “¿Cuándo se acaba la fiesta?, a mí no me gustan los adornos”, decía, y al ponerle el oxígeno: “era lo que faltaba, los frenillos como a los caballos”.

“Arriba, en alto los corazones, estoy listo para la patria celestial, pero necesito que me empujen”.

 

UN HOMBRE DE GRAN CARIDAD Y PLENAMENTE CONFIADO EN LA PROVIDENCIA

“Una casa en que no se gasta un centavo en capricho – decía- no hay el por qué tener miedo. La Madre proveerá”.

La Escuela de Artes y Oficios, bien construida técnica y estéticamente, implicaba considerables gastos para mantenerla a la altura, los alumnos gratuitamente o con becas modestas, otros con la cuota asignada.

Unas damas para aliviar los gastos de los empleados propusieron que los muchachos sin pagos ayudaran en la limpieza. Se negó rotundamente. “Eso introduciría una discriminación entre ricos y pobres. Don Bosco no estaría contento”. Nunca faltó nada.

Un día no había dinero en la caja. Por la tarde debía llegar una “res” a pago inmediato de $300.00. La secretaria estaba preocupada. “No se inquiete, la Madre proveerá”. A las 11 de la mañana llegó un señor desconocido a visitar al padre Vandor. Se interesó de la escuela y otros asuntos. Al despedirse le firmó un cheque por $300.00. “Vaya Lolita, aquí tiene lo necesario, la Madre no falla”.

Una señora se presentó para pagar la beca del hijo de su criada. El Padre no aceptó y le dijo: “Aumente el salario a la criada para que ella venga a apagar”.

Para atender a los enfermos en la Parroquia del Carmen organizó un Equipo de Damas, con compromisos también económicos. Al recaudar la contribución del Equipo se reservaba el conteo para poder añadir  libremente “mucho de lo suyo”. De su cuarto de enfermo nadie supo cuánto entraba y cuánto salía, y fue mucho, tal vez más allá de lo razonable, especialmente, como decían, con “evidentes estafadores”.

 

COMO PÁRROCO

Tenía una predilección especial con los niños de la catequesis. Aún estando enfermo, nunca se quejaba del alboroto de los niños. Siempre iban antes o después de la clase a saludarlo, al “abuelito” o Papá Vandor. Para ellos tenía palabras cariñosas y unas “piedrecitas” (así llamaba a los caramelos duros).

Visitaba los enfermos más que diariamente. La responsable del equipo decía: “Al visitar los enfermos era caridad pura y cariño, consuelo, aliento. Cuando ya no podía salir deseaba ser informado del estado de los enfermos y llamaba por teléfono”. A la primera Unción comunitaria de los enfermos participó él mismo. De regreso a La Habana, en un momento crítico por su vida, con gesto de piadosa y humilde delicadeza y aprecio por la labor realizada, llamó a la responsable del Equipo de Enfermos para que le rezaran las oraciones de los moribundos, encomendando que nunca abandonaran a los enfermos.

Una joven entristecida desde hacía diez años por una enfermedad, en un sillón de ruedas, me decía: “El padre Vandor me enseñó a sufrir con paz y alegría. Ha dado un sentido nuevo a mi vida. Tuvo conmigo atenciones exquisitas. Me sentía amada por él de aquel amor limpio y tierno que sólo una persona empapada del espíritu de Dios puede cultivar. A mi mamá dijo: usted tiene aquí un brillante”. El obispo decía: “El padre Vandor ha sido el pararrayo de mi diócesis. “Un enfermo es una bendición para una casa”, decía el padre Vandor, eso ha sido él para nosotros, los Salesianos en Cuba.

 

MAESTRO EN EL ARTE DE EDUCAR

Los villaclareños lo conocieron por sus transmisiones radiales cuando era Director del Colegio Salesiano de Arte y Oficio “Rosa Pérez Velasco”, y por una formal entrevista con los alumnos de la Escuela de Periodismo. Era una escuela modelo por la funcionalidad y belleza de los locales, por la modernidad de las maquinarias, de los talleres, por la seriedad de los estudios, por el método educativo genuinamente salesiano aplicado en un ambiente de alegría, piedad y espíritu de familia. “Una obra que engrandeció y dignificó la tierra de Marta Abreu”, escribió Díaz Vásquez. “Una escuela que funciona con la simpatía general de la Ciudad y Provincia. Una misión callada y cumplida”, escribíño Medardo Vitier.

 

UN HOMBRE DE ALTA ESPIRITUALIDAD

En su homilía el padre Emilio decía que el padre Vandor había realizado la profecía: “El Espíritu del Señor está sobre mí”, con toda riqueza de sus dones, sobre todo de la piedad y del consejo.

Desde 1957 al 1966 el padre Vandor expresó en “pequeñas hojas sueltas recogidas en el árido jardín de mi pobre corazón” algo  de su interioridad. “Son tres libritos, bien cuidaditos, de versos llanos, generalmente en rima libre, según juicio de una doctora, muy bien logrados”. En ellos se revela como un contemplativo, un místico con precisas líneas de una espiritualidad original.

Se sentía amado por  Dios y deseaba corresponderle ardientemente. Decía: “Tú me amas, yo también. Tú para mí, yo para Ti. Tengo sed Señor, sed de tu amor, cual ciervo sediento corre a la fuente por restaurar mi vida e inflamarme de tu amor. Amarte quiero amarte tanto, vivir como lirio ante tu sagrario, cual Siempreviva consumar mis días, déjame saborearte a Ti”.

Un amor que aspira al sufrimiento. La Cruz aparece siempre en perspectiva. A menudo se entretiene a contemplar al Cristo crucificado, acompañándolo al Calvario. “Que pueda mucho sufrir y calladamente. Dame si quieres el dolor, sólo consérvame en tu amor. Ser paloma quisiera, de nieve blancura, volar a la región de tu dulce morada, la cruz enarbolada, contigo en la cruz vivir, más que desear morir”.

Otro gran amor es Jesús Eucarístico. El prisionero del altar es su alimento. Su descanso. Delante del sagrario pasa horas de oración, por la noche sobretodo. Sus visitas escritas son desahogos amorosos, suplica para sí, para los jóvenes, para los enfermos, para los pecadores. Jesús lo atrae: es luz que ilumina, bálsamo que suaviza. Frente a Él se conmueve, se estremece, de Él aprende la mansedumbre, la fortaleza, la fidelidad, el desprendimiento, la docilidad, la fe… y se transforma él mismo en el testimonio del mismo amor.

“Cristo crucificado, Cristo Eucarístico, Cristo Pastor…más quisiste que fuera oveja y pastor”.

“Como pastor quiero por cayado la Cruz, como Tú se pastor sediento de ovejas perdidas, pastor peregrino, pastor amigo, siempre andando para sanar, confortar, alentar, purificar…”

Otro pilar de su espiritualidad otro de sus grandes amores, ha sido María. Experimentó a María como Madre, Madre que lo amaba, que velaba por él, por los suyos. A este amor respondía con una confianza plena, desconcertante, sencilla, profunda, que lo llenaba de alegría, de paz, de seguridad.

La expresión más hermosa de su devoción ha sido “Mi Rosario”. Una meditación en versos sobres los misterios del Rosario. Cuántas batallas vencidas, con el Rosario en las manos. Le canta además como Inmaculada, Anunciada, Asunta, Fuente de la Caridad, Auxiliadora. A Ella ofrece su corazón amante.

“Es tan maravilloso dejar a la Madre la iniciativa de todo. Ella va marcando los pasos a seguir. Ella lo es todo. Confíen en Ella, que nunca fallará”. ¡Y cuántas veces la Madre no falló!

 

HOMBRE CASTO

Cultivó un extraordinario amor a la pureza. Escribió: “La blanca flor que Tú me diste, que tanto amor, que conservar intacta prometí, que cual precioso don llevo en mi corazón. La virtud delicada, que defender deseo y conservar en mí, primero, y en los demás. Flor divina que precio no tiene, flor ignorada, que Tú plantaste en nuestro suelo”.

Este hombre supo conjugar la más grande delicadeza con la afectividad más expresiva, calurosa, transparente, de él emanaba un encanto espiritual.

 

HOMBRE POBRE

Parecía no tener gustos sea por la comida, sea por el vestir, todo era bueno y lucía bien. Sencillo, limpio, nada de rebuscado. Monseñor Prego lo recordaba llegando al Obispado de La Habana, alto, delgado, con la sotana corta, que no llegaba a los tobillos, como un símbolo de sus modestas exigencias.

Nunca amó la comodidad. Al aceptar la rectoría de la Casa “Rosa Pérez Velasco”, escuela dotada de todas las comodidades, de la técnica más avanzada, decía preocupado: “Esta casa nace con el signo de la contradicción. Aquí hay demasiadas comodidades. Va a durar poco”. Fue profeta.

 

HOMBRE OBEDIENTE

Dócil a la voluntad del Padre, antes que nada, y por Él, obedientísimo a los Superiores. Con Madeleine Débrel diría que “supe bailar a la perfección el baile de la Voluntad del Padre”. Se dejó llevar por el ritmo de la orquesta y por sus compañeros de baile, los Superiores y el Cristo Redentor.

MAESTRO DE VIDA ESPIRITUAL

Entre las ocupaciones confiadas al padre Vandor por los Superiores se destaca la de Confesor y Director Espiritual, y como tal le buscaba espontáneamente la gente.

Inspiraba confianza, tenía el don del consejo, presentaba una praxis propia: arrastraba las almas por el camino anteriormente recorrido por él.

Fraccionaba sus orientaciones en breves frases a modo de invocaciones que consideraba como el respiro de su alma. Como San Francisco de Sales, juegaba con las imágenes tomadas de la naturaleza, de las flores, de las aves, de la vida…

Lleva de la mano con paciencia y dulzura. Se preocupa no tanto de lo que uno hace, sino del cómo y del por qué. Encomienda el vivir constantemente en la presencia amorosa de Dios. Inculca un amor ardiente a Dios, desinteresado, que se traduce en conformidad con su voluntad y el compartir el camino del Calvario. Amor que se alimenta en la oración sencilla, hecha más que de  “practica” de disposición de ánimo. Amor que desemboca en actividad pastoral, en trabajo responsable para la sociedad, en la alegría, en la serenidad… y pudiéramos continuar.

 

LA ENFERMEDAD

EL padre Vandor desde hacía tiempo sufría una Artritis Reumatoide progresivamente deformante. El 13 de marzo de 1976, al concluir la misa celebrada para los niños, se encogió sobre sí mismo por improvisos fuertes dolores. Lo llevaron a su cuarto y desde entonces nunca más pudo bajar solo. Pasaba de la cama al sillón o al silloncito de ruedas. Sus movimientos iban progresivamente reduciéndose y sus miembros deformándose. En 1979 empezó a manifestar cierta molestia en la garganta.

En el mes de junio se trasladó a la Clínica “San Rafael” de La Habana, para un chequeo general y una tentativa de mejorar los movimientos, nada se logró más bien la situación empeoró al presentarse una fiebre persistente, rebelde a todo tratamiento y misteriosa en sus causas. Se sospechó una neoplagia al esófago, confirmada por los médicos que con esmerada competencia y entregado cariño, en agosto. Los análisis sucesivos tampoco revelaron algo positivo, pero aumentó la dificultad de tragar y al final de hablar, lo que confirmó el supuesto diagnóstico que lo llevó a la tumba.

 

LA MUERTE

A las 1:10 am del día 8 de octubre de 1979, se “sumergió en Dios, para en Él descansar” el Padre José Vandor, dejando un nuevo gran vacío en el ya reducido puñado de Salesianos en Cuba.

Muerte esperada, muerte más de una vez pronosticada y otras tantas veces inexplicablemente postergada, y por eso no menos dolorosa. La última crisis empezó a las cinco de la tarde del domingo 7 de octubre, al iniciarse la Celebración Eucarística en la Iglesia del Carmen en Santa Clara. El padre Vandor fue perdiendo progresivamente el conocimiento. La supuesta neoplagia al esófago redujo progresivamente la zona respiratoria, forzando a la rendición el fuerte corazón del padre querido.

Asistieron impotentes el médico, la enfermera, salesianos, sacerdotes, amigos, que noche tras noche acudían solícitos para atenderlo, disponibles para todo, y que atrasaban cada noche más la despedida, temerosos de no poder presenciar el último respiro del padre amado. Con ellos se rezaron por última vez las oraciones litúrgicas y salesianas de los moribundos.

La noticia de la muerte se difundió, y rápidamente llegó el Señor Obispo Monseñor Fernando Prego Casal, fieles y amigos. El cuerpo fue velado en la Iglesia del Carmen, de la que el padre había sido responsable directo o indirecto por casi 25 años.

Las Celebraciones Eucarísticas a cada hora de la mañana culminaron con la concelebración presidida por el Obispo a las tres de la tarde, con la participación de los sacerdotes de la diócesis, los Salesianos, las Hijas de María Auxiliadora, las Hijas de la Caridad, Ex-alumnos, fieles de muchas comunidades de la ciudad y del campo.

La conmoción de los numerosos acompañantes al sepelio. La respetuosa atención de cuantos se asomaban a las ventanas o se paraban en las aceras al paso de su cuerpo, ha sido el sig no más elocuente de cuanto cariño tenia regado en los corazones de los villaclareños el padre José Vandor.

 

¿POR QUÉ LO RECORDAMOS?

La primera razón es para dar gloria a Dios movidos por los buenos ejemplos del padre Vandor.

Jesús dijo: “Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre, que está en los Cielos”. Mat. 5,16

Otra razón es que, después de 23 años de su muerte, estando viva la convicción de que había muerto un santo, fue introducida la Causa de Canonización.

De acuerdo con los decretos del Papa Urbano VII, declaramos que no tenemos intención de anticiparnos al juicio de la Iglesia sobre la beatificación del padre José Vandor, pero pedimos a Dios nos conceda la gracia y la alegría de verlo propuesto por la Iglesia como modelo de cristiano y sacerdote.

ORACIÓN

+ En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

¡Oh Dios! Padre de misericordia,

que haces de tus santos, imágenes vivas de tu amor.

Tú que has hecho del padre Vandor un sembrador de paz entre nosotros

y un modelo de aceptación de tu santa voluntad,

concédeme por su intercesión esta gracia que tanto necesito…

(pedir aquí la gracia) …

y que con profunda fe te pido.

Por Cristo nuestro Señor. Amén.

 

¡Viva Jesús Sacramentado! Viva y de todos sea amado.

Padre nuestro, Ave María y Gloria.

María Auxilio de los cristianos,

Ruega por nosotros.

+ En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén.

(Texto extraído de la carta mortuoria elaborada por el P. Bruno Roccaro, sdb)

El que obtuviera alguna gracia, favor comunicarlo a: Obispado de Santa Clara Calle Unión 51 sur. Apartado 51. Teléfono: +53 42 200680 Correo: obispado@diocesisdesantaclara.org

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